El teatro de la vida … actores y espectadores

Guiones y libretos

A veces pareciera como si nuestra vida fuese la puesta en escena de una representación teatral basada en elaborados guiones. Y como en cualquier obra de teatro, los guiones no los escribe el actor, el actor sólo los interpreta.

Así que a veces, o la mayoría de ellas, los seres humanos nos encontramos representando un papel que no hemos escrito. De hecho, el guion central de nuestras vidas, aquel que marca los hitos más relevantes, como nacer, desarrollarse, procrear y morir, junto a todo lo escrito en nuestro libreto instintivo, vienen ya de serie en nuestra condición humana.

Los otros guiones, los que hablan de nuestro movimiento por el mundo desde una perspectiva social, en los que también se incluyen libretos específicos para ser feliz, para realizarse, para encontrar sentido a la vida y cosas así, forman parte de un amplio catálogo que las colectividades ponen a disposición de sus individuos para que “no saquen los pies del tiesto”.

Las colectividades, las sociedades, en el sentido más amplio, son precisamente eso porque tienden a unificar guiones para ceñirse a sus principios. Algunos son más flexibles y otros más estrictos e incluso a veces excluyentes, pero guiones al fin y al cabo. La familia forma parte de ese tejido social, reverberando los esquemas globales hacia los individuos, y los individuos hacia ellos mismos.

Actores y guionistas

Este es el planteamiento teatral de la vida, algo del todo natural y necesario para organizar la convivencia. La mala noticia es que no siempre los guiones que estamos interpretando permiten una puesta en escena coherente con lo que sentimos. Muchos guiones son complejos, dificultando y encareciendo el acceso al verdadero bienestar, a la felicidad auténtica y duradera.

Afortunadamente hay una buena noticia: es posible escribir nuestros propios guiones, y los verdaderos guiones son los que se representan en nuestro interior, que es donde se elabora nuestra experiencia de vida.

El salto a la butaca

Pero para escribir un guion lo primero es dar el salto a la butaca para darnos cuenta de que no somos el actor que está representando la obra teatral, ese es sólo el personaje que movemos por el mundo. Somos el espectador que está asistiendo a la representación, y que puede convertirse en guionista cuando así lo decida.

Todo comienza por reconocer que no somos el personaje que transita por el escenario, sino más bien quien le observa sin guion alguno. El personaje es inherente a esta aventura humana, y la consciencia es necesaria para reconectar con el testigo que le observa. Cuando este testigo se hace presente aparece la inspiración que facilita la escritura de guiones coherentes para nuestro personaje, el que transita.

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