El semáforo de las emociones

Un día descubrí que de aquellas personas que menos te lo esperas puedes aprender algo nuevo, formas diferentes de percibir, sentir e interpretar la vida. A veces, se presentan delante de nosotros pero nuestra atención está puesta en otra dirección.

Pues así fue como un día, tomando una carretera que suelo coger a menudo empecé a observar a un indigente que cada día vendía pañuelos en un semáforo.

Me llamó poderosamente la  atención su forma de caminar, la expresión de su cara, los gestos corporales, tenía algo especial  y empecé a curiosear como las personas que se paraban en ese semáforo experimentaban un cambio instantáneo. Vi con mis propios ojos que conforme se acercaban al color rojo que indicaba parada, sus rostros se iban transformando  y aquellas caras serias que miraban fijas a la nada,  se convertían casi como por arte de magia, en sonrisas, miradas cómplices e incluso denotaban una sensación de que estaban esperando que algo sucediera.adrian 2015

Sentí la curiosidad de saber que estaba pasando y por qué sucedía  en un espacio tan corto  de tiempo.

Empecé a descubrir que aquel hombre del semáforo se acercaba amablemente a los coches y simplemente sonreía y deseaba “buena suerte en su día”, miraba a los ojos, daba la mano, preguntaba ¿Cómo estás?, ¿Cómo le ha ido el día?, ¿Todo bien?…

La variedad de personas era infinita. Parejas con niños, con los cuales sacaba su perfil infantil y los saludaba con un toque tierno y sincero, gente que iba y venía del trabajo, parejas de señores mayores, jóvenes, todos tan diferentes pero a la vez tan iguales.

De repente, miré los colores del semáforo e imaginé la similitud entre el color y el mundo emocional.

El rojo: Lo asocié a,  cuando negamos nuestras emociones, las bloqueamos, no queremos sentir por miedo a equivocarnos, a que nos hieran, entonces nuestras vidas van sin un rumbo, somos como un barco a la deriva.

El amarillo: Lo identifiqué como aquellas experiencias en las cuales me permito sentir, aunque sea por un período corto de tiempo algunas emociones pero vuelvo a bloquearlas o negarlas, es decir,  “coqueteo” con ellas pero todavía no las siento como parte de mí.

El verde: Descubrí, a través de la observación y la experiencia  que las emociones no son ni buenas ni malas, son necesarias. Son nuestro termómetro natural que nos da información valiosa de que está sucediendo en nuestras vidas, nos abrimos al mundo del autoconocimiento.

 

Siguiendo en el mundo de mi imaginación,  podríamos decir que el hombre del semáforo nos recuerda que cuando estamos en rojo nos alejamos de aquello que somos, perdemos nuestra naturaleza como seres humanos, de alguna manera negamos lo que somos.

Nos invita, dando ejemplo, a indagar, explorar, aunque sea por un tiempo determinado, en nuestras emociones. ¿Qué sucede cuando te paras a observar su mensaje?

Y por último, el color verde te da paso a que las sientas  y las aceptes como parte de ti.

Encontré a una persona, que con el valor de su ejemplo, consiguió  que aunque sea por un par de minutos que dura un semáforo en rojo, las personas  olvidaran sus problemas, preocupaciones y se dejaran envolver por la emoción de la alegría.

Por eso cada vez que paso por ese mismo lugar, esa persona me  recuerda el valor de una sonrisa y siento que todos buscamos lo mismo en este mundo: LA PAZ Y LA FELICIDAD.

 

“La emoción que funda lo social como la emoción que constituye el dominio de acciones en el que el otro es aceptado como un legítimo otro en la convivencia, es el amor. Relaciones humanas que no están fundadas en el amor digo yo no son relaciones sociales”.

                                                                                  Humberto Maturana

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