El dedo en la llaga

La llaga tiene una sensibilidad especial: duele. Y sabes que duele cuando se roza, cuando se aprieta, cuando se pone el dedo encima. Este aforismo popular encierra la sabiduría del sentir, de cómo el sentir hace presente nuestra herida. Porque hay heridas en las que no reparamos hasta que algo las toca, y es entonces cuando sentimos el dolor.

dedo en la llagaEsta analogía con nuestro cuerpo físico se hace evidente en nuestro mundo emocional cuando hablamos de esas viejas llagas no sanadas que permanecen latentes en la memoria de nuestros recuerdos, la mayoría de las veces en el sombrío y húmedo mundo del inconsciente. ¿Qué es una llaga emocional? Podemos decir que es nuestro conflicto interno, esos pensamientos y creencias que están adheridos a experiencias del pasado que nos provocaron dolor en esos momentos. Fueron momentos, etapas o circunstancias concretas en las que no tuvimos la oportunidad de “comprender” qué nos estaba pasando ni de desarrollar una manera sana y útil de responder ante esos acontecimientos. Carecíamos de los recursos necesarios, de la ayuda necesaria y del apoyo y comprensión necesarios. Y por ello hicimos lo que pudimos. No pudo ser de otra manera. Y la herida quedó abierta.

En los primeros años de nuestra vida aprendimos a interpretar los acontecimientos y a responder ante ellos; es decir, los convertimos en experiencias con un estilo, con un patrón que tendimos a repetir una y otra vez. Y la realidad es que no ha importado mucho el coste emocional que ello conllevase, pues en la mayoría de las ocasiones nos ha bastado con creer que estábamos logrando algo: principalmente cariño, aceptación o que nos tuvieran en cuenta y nos valorasen. No reparamos en el precio que estábamos pagando, aprendimos sólo a ver que había una ganancia. Como digo, toda esta “programación” se configuró al inicio de nuestra vida, en nuestra infancia principalmente, y por lo tanto no fue el resultado de decisiones conscientes y meditadas, sino de las continuas pruebas de ensayo-error que, de modo espontáneo, realizamos para atender lo que nuestra naturaleza humana nos demandaba. Las pruebas “exitosas” fueron conformando poco a poco nuestras subpersonalidades, nuestro estilo en la vida.

Si aprendimos que complaciendo a los demás obteníamos atención y cariño, tal vez en nuestra vida nos hayamos olvidado de nosotros mismos porque pensemos que las necesidades de los otros sean más importantes que las nuestras. Si aprendimos que la desgracia y el sufrimiento eran fuente de merecimiento, tal vez nos estemos esforzando por ser víctimas del mundo en que vivimos. Si aprendimos que la perfección era el único modo de lograr que nos quisieran, puede ser que se nos esté olvidando ser abiertos y naturales. Son sólo escuetos ejemplos para señalar algunos de los modelos de interpretación y respuesta que, con el tiempo, terminan provocando la aparición de esas llagas en los circuitos emocionales de nuestra mente.

Todos y cada uno de nuestros conflictos vibran, valga la expresión, en una determinada frecuencia. Todos ellos están vibrando constantemente, pero no se están manifestando a la vez. Sabemos que un conflicto se hace presente cuando sentimos el dolor de sus heridas asociadas, dolor como expresión genérica que puede significar también abatimiento, desvalorización, rabia, angustia, depresión, y un largo etcétera que puede resumirse en todo aquello que secuestra nuestra paz interior. Así reconocemos, o podemos reconocer, la presencia del conflicto: sintiendo. No hay otro camino. Sólo el sentir nos habla de “cómo va todo dentro de nosotros”.

¿Qué es la resonancia del conflicto? ¿Qué significa que “vibra” en una determinada frecuencia? Cuando nuestra mente está calmada y silenciosa el conflicto no se manifiesta, no hay dolor, sólo paz y armonía natural. Sin embargo, nuestro caminar por la vida nos va situando ante actitudes y comportamientos de personas, ante circunstancias, hechos, objetos y un sinfín de estímulos que nuestra mente tiende a relacionar de algún modo con nuestras experiencias del pasado. Así funcionamos: percibimos un estímulo a través de nuestros sentidos o de nuestro pensamiento, nuestra mente asociativa busca algo que se le parezca, que le recuerde a eso, y devuelve la manera en la que se vivió, y en base a ello organiza una respuesta en forma de comportamiento y de emociones. De este proceso solemos darnos cuenta únicamente del principio y del fin; es decir, de lo que ha sucedido y de cómo hemos respondido. Por el contrario, las asociaciones e interpretaciones operan a nivel normalmente inconsciente. El conflicto, pues, se hace presente y resuena cuando alguno de esos estímulos que aparecen ante nosotros es asociado por nuestra mente inconsciente con alguna de nuestras “memorias de dolor”.

Así pues, en nuestro día a día vamos caminando con “todas las emisoras” de nuestros conflictos sintonizadas, a la espera de sucesos que estén “emitiendo” en alguna (o algunas) de esas frecuencias. Cuando ello sucede el conflicto se hace presente, se activa, y comenzamos a sentir y a responder tal como lo aprendimos en su día: queriendo conseguir algo, no reparando en el precio que estamos pagando por ello, y, consecuentemente, experimentando el dolor que ello implica.

sanaciónPero ¿cuántas cosas suceden a nuestro alrededor que no provocan en nosotros respuestas de dolor? Y por otra parte, ¿cuántas personas hay a nuestro alrededor a las que eso que nos provoca dolor a nosotros no les provoca dolor a ellas? Innumerables. Cada persona es única e irrepetible y cuenta con su propia “lista” de “asuntos de dolor”. Sólo cuando sentimos el dedo en nuestra llaga es cuando se nos hace presente la oportunidad de sanar aquello que nos provoca sufrimiento. Y sólo nuestra entrega honesta al sentir nos abre a esta oportunidad de saber qué está diciendo “eso” de nosotros, qué podemos aprender y qué podemos mejorar.

Lo cómico de esta vida, por llamarlo de algún modo, es que la sucesión de oportunidades es constante, aunque no queramos mirar ahí. Hay una sabiduría en el devenir que “organiza” una cita tras otra para nosotros en las que podemos mirar cara a cara nuestros conflictos y hacer algo con ellos. Son citas en las que asoma una intención para que nuestra conciencia se expanda, para que seamos un poco más sabios y para que vayamos tomando el camino de “vuelta a casa”, de vuelta a nuestra inocencia y al amor que somos.

Puedes agradecer y celebrar cada ocasión en la que te ponen el dedo en la llaga, pues estás de nuevo ante otra oportunidad para sanar. Puedes decidir mirar hacia dentro y dejar de culpar al mundo de tu sufrimiento, sintiéndote libre y en paz mientras decides tomar responsabilidad y ocuparte de tus asuntos. Pero no pasa nada si decides no aprovechar esta oportunidad y te alejas de ella, nuevas citas estarán ahí para ti.

 

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